Científicos de la Universidad de Tel Aviv (Israel) desarrollaron una nueva tecnología que permite que los robots perciban olores mediante un sensor biológico que funciona como las antenas de las langostas. El estudio, publicado en Biosensors and Bioelectronics a principios de febrero, explica cómo los investigadores decidieron recurrir a los sensores biohíbridos, que combinan sensores biológicos animales con componentes electrónicos, reportó RT.

El profesor Yossi Yovel, uno de los coautores del estudio, describió el proceso de creación del sensor. Según Yovel, los científicos hicieron que un sensor biológico percibiera varios olores mientras medían la actividad eléctrica de cada uno de ellos. A continuación, se creó una “biblioteca de olores” para distinguir unos olores de otros. Como resultado, los científicos determinaron que la sensibilidad del sensor de su creación “es unas 10.000 veces superior a la de los dispositivos que se utilizan hoy en día”.

A pesar de que el sensor tiene la capacidad de percibir y distinguir al menos ocho olores puros y dos mezclas de diferentes odorantes, los sensores olfativos biológicos de los animales siguen siendo más eficaces. “Las tecnologías creadas por el hombre aún no pueden competir con millones de años de evolución. Un área en la que vamos especialmente a la zaga del mundo animal es la de la percepción olfativa”, declararon el doctor Ben Maoz y el profesor Amir Ayali, otros de los autores del estudio. “La naturaleza está mucho más avanzada que nosotros, así que debemos aprovecharla”, afirmó el doctor Maoz, destacando que los insectos y sus características desempeñarán un papel importante en la evolución de la electrónica.

Para demostrar la capacidad olfativa de los animales, los científicos también citaron el ejemplo del uso de perros en los aeropuertos para detectar drogas y explosivos. Los autores del estudio esperan que, con posteriores perfeccionamientos, sea posible utilizar su tecnología para buscar drogas y explosivos, así como para detectar diversas enfermedades y distinguir los alimentos buenos de los malos. “El cielo es el límite” para las capacidades potenciales de este dispositivo, concluyó el doctor Maoz.