Un equipo de astrónomos publicó este jueves un nuevo estudio que ayudó a resolver el misterio sobre el rápido crecimiento de los agujeros negros supermasivos durante la formación de las primeras galaxias del universo, hace 12.500 millones de años, hallando lo que sería su principal fuente de alimentación.

Con la ayuda del ‘Very Large Telescope’ (VLT, por sus siglas en inglés) del ‘Observatorio Europeo Austral (ESO)’, un equipo internacional de científicos liderados por el astrónomo Emanuele Paolo Farina, del Instituto Max Planck de Astronomía de Heidelberg (Alemania), pudo observar reservorios de gas frío alrededor de algunas de las primeras galaxias del universo, y concluir que esos halos de gas son el alimento “perfecto” para los agujeros negros supermasivos que se escondían en su interior.

“Ahora podemos demostrar, por primera vez, que las galaxias primordiales tienen suficiente comida en sus entornos para sostener tanto el crecimiento de agujeros negros supermasivos como la formación de estrellas vigorosas”, dijo Farina en un comunicado . “Esto agrega una pieza fundamental al rompecabezas que los astrónomos están construyendo para imaginar cómo se formaron las estructuras cósmicas hace más de 12.000 millones de años”. Asimismo, añadió que este hallazgo podría explicar cómo estos monstruos cósmicos crecieron tan rápido durante las primeras etapas de la formación del universo, conocidas como el Amanecer Cósmico.

“La presencia de estos primeros monstruos, con masas de varios miles de millones de veces superiores a la de nuestro Sol, es un gran misterio”, explicó Farina, ya que en los estudios anteriores no se habían detectado “alimentos para agujeros negros” en cantidades lo suficientemente grandes como para explicar su rápido crecimiento. Esta vez, Farina y sus colegas utilizaron el instrumento llamado Explorador Espectroscópico de Unidades Múltiples (MUSE, por sus siglas en inglés), instalado en el VLT, para estudiar cuásares, objetos extremadamente brillantes y alimentados por agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de galaxias masivas.

Los investigadores estudiaron 31 cuásares, y los vieron tal y como eran en un momento en que el universo solo tenía unos 870 millones de años de edad. De esa manera descubrieron que 12 de los cuásares estudiados estaban rodeados por enormes halos de frío y denso gas de hidrógeno, que se extienden a 100.000 años luz desde los agujeros negros centrales y estaban estrechamente unidos a las galaxias, lo que les permitía ser “la fuente de alimento perfecto” para mantener tanto el crecimiento de esos agujeros como la intensa formación estelar.