Las huellas de magnetismo que los investigadores han encontrado en todos los meteoritos examinados señala que podrían provenir de un mismo cuerpo protoplanetario con el núcleo metálico. Las líneas magnéticas y la fuerza del campo magnético previas a su fragmentación apuntan a unas dimensiones de ese cuerpo equiparables con la Tierra. Estas son las principales ideas que recoge un estudio de varios geofísicos del Reino Unido y EE.UU. publicado en la revista ‘Sciences Advances’ a finales de julio. Los autores compararon meteoritos como el de Colomera (España, 1912), Techado (EE.UU., 1983), Miles (Australia, 1992), Mont Dieu (Francia, 1994) y varios más, tras lo que hallaron que tienen mucho en común.

Tanto los meteoritos metálicos como rocosos (condritas) se compaginan con un modelo de magnetización que los coloca a distintas distancias del centro del hipotético cuerpo celeste. Su composición química también parece variar en función de su proximidad al núcleo en el momento de la magnetización (más hierro y níquel y menos silicatos o al revés). Los científicos sostienen que cualquier mineral que mantiene los vestigios de un magnetismo ajeno a la Tierra los debió haber recibido cuando tenía un núcleo fundido por debajo, antes de que ese núcleo se enfriara por completo. A medida que el cuerpo se enfriaba en una época temprana del sistema solar, el campo magnético imprimió su huella en los minerales, según explicó la autora principal del estudio, Clara Maurel.

“En algún momento, el campo magnético se descompondrá, pero la huella permanecerá”, recoge el sitio web ‘Universe Today’ las palabras de Maurel. Posteriormente, según esta hipótesis, los meteoroides (que terminaron como meteoritos al estrellarse contra la Tierra) estuvieron expuestos a múltiples colisiones sucesivas hasta que alguna de ellas los puso en la trayectoria de la Tierra.

El equipo se refiere a ese cuerpo sólido, fuente de todos los meteoritos estudiados con el término ‘planetestimal’, que es el más exacto en el contexto del disco protoplanetario que rodeaba el Sol en los primeros millones de años de su existencia. Según las últimas estimaciones cosmológicas, ese disco se formó hace unos 4.500 millones de años de un remolino de gas y polvo muy calientes y luego se enfrió gradualmente, dejando que se consolidaran cuerpos cada vez más grandes, los planetestimales. El análisis de múltiples muestras de meteoritos fue posible debido a un dispositivo avanzado del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley (EE.UU.) que produce rayos X, registra a escala nanométrica cómo interactúan con los granos de esos minerales extraterrestres y pone al descubierto la dirección de sus líneas magnéticas.